A raíz de la polémica generada por unas declaraciones de Rosalía sobre Pablo Picasso, el director del despacho reflexiona sobre uno de los grandes debates culturales contemporáneos: si es posible separar la obra artística de la conducta moral de su autor.
El artículo publicado en El Periódico Extremadura aborda la llamada cultura de la cancelación, el revisionismo aplicado al arte y la tendencia actual a reinterpretar obras del pasado desde parámetros éticos contemporáneos. A través de ejemplos como Caravaggio o H. P. Lovecraft, se plantea hasta qué punto el valor artístico puede o debe desligarse de la biografía de sus creadores.
Una reflexión sobre libertad cultural, moralidad y el riesgo de convertir el juicio artístico en un ejercicio permanente de pureza ideológica.
El arte, ese mundo de sinvergüenzas
Hace unas semanas la cantante Rosalía generó una controversia al decir en una entrevista que admiraba mucho a Picasso, y que sabía diferenciar al artista de su obra. Dicho con otras palabras, que no me vaga buscar ahora, pero venía a decir eso. Acabáramos. En cuestión de minutos la Stasi de la pureza moral le lanzó 150.000 Yakovlev a ametrallar sus redes, volando todos a baja cota eso sí, y con la gasolina justa para poder volver a casa de mamochka a cenar. Al poco la Motomami de Sant Esteve se disculpó justificando su comentario por desconocimiento del alcance real de los abusos del pintor. Me sorprendió ese perdón. Normalmente cuando la Stasi te manda una horda lo ideal es hacer mutis por el foro unos días, hasta que se les termine el combustible. El tema es particularmente peliagudo, lo que imagino que llevó a sus responsables de comunicación a inclinarse por la pública disculpa, a lo Emérito. Para mí, aquel perdón fue el secuestro de la voluntad de una persona, de su sensibilidad ante el arte entendido de manera libre, y el sometimiento al fundamentalismo que el buen lector sabrá identificar.
¿Qué hacemos con Caravaggio?
¿Podemos aislar completamente las grandes obras de sus artistas? Yo creo que es imposible. Dicho esto, lo que si es posible es que, aun sabiendo que el autor tuvo un comportamiento moral o penalmente reprochable, podamos disfrutar de la obra sin necesidad de cancelarla o revisionarla, a modo de condena a título póstumo.
Como ejemplo voy a traer a colación una de esas incoherencias humanas que tanto nos gustan en El Club del Pijama. La presencia de las obras de Picasso en museos no ha variado, creo, tras conocerse sus abusos hacia las mujeres, pero sí que se ha conseguido una reinterpretación de su obra, y que, a la hora de ser explicado en aulas o museos, aunque la explicación sea de la obra y no biográfica, deben subrayarse sus fechorías para mirar el cuadro con los ojos adecuados.
Caravaggio fue conocido desde joven por su carácter violento y pendenciero, acumulando arrestos por peleas callejeras, amenazas y porte ilegal de armas, un historial que culminó en 1606 cuando mató a un pobre infeliz durante un enfrentamiento —probablemente por una disputa relacionada con apuestas o una mujer—, lo que lo obligó a huir de Roma con una sentencia de muerte sobre su cabeza. ¿Quién lo ha pagado mas caro, Picasso o Caravaggio? Por el principio de proporcionalidad penal, al pintor delincuente, o delincuente pintor, barroco habría que quemar su obra. Pues pasa lo contrario, ese pasado violento y pendenciero hace que atraiga a más visitantes aún.
La obra químicamente pura
No existe. Los artistas son humanos y el pecado viene de serie. El mejor de los casos será que no pague alguna multa de aparcamiento, y el peor la de aquel pintor austriaco, que menos mal que su obra no ha trascendido ni lo más mínimo. Es algo sumamente subjetivo en una doble vertiente. Una es la diferente forma que tiene cada persona de ver un acto inmoral o delictivo. Para algunas personas que se les pase el plazo de pagar una multa les quita el sueño, y para otras el “don” de la mentira es una habilidad de la que presumir, y la estafa una forma de vida. La otra vertiente que hace tan sumamente subjetivo el dilema de hoy es la capacidad de separar obra y autor, en la medida de lo posible. Cuando miremos “Las señoritas de Aviñón” nos acordaremos inevitablemente de sus abusos contra la mujer, y cuando veamos “David con la cabeza de Goliat”, nos vendrá a la cabeza el tipo que murió apuñalado por el autor. La cosa es que seamos partidarios, o no, del revisionismo y de la cultura de la cancelación.
El dilema de separar o no al artista de su obra simplemente no tiene respuesta, es algo absolutamente íntimo, personal y respetable. Gou Tanabe es un autor de comic manga japonés. Se hizo conocido internacionalmente por trasladar al manga relatos como La llamada de Cthulhu y otras obras de HP Lovecraft, manifiestamente racista, demasiado hasta para su época. Los asiáticos no se escapaban de su rechazo, como cualquier cosa que no tuviera raíces anglosajonas. Tanabe no reivindica a Lovecraft como persona, sino que se centra en su universo literario, que considera único por su visión del horror y la insignificancia humana, obviando la ideología. Si vienes conmigo al Reina Sofía y prefieres no entrar a ver el Guernica por empatía con las víctimas del pintor malagueño me parece estupendo. Yo sí entraré a verlo, pero a tope con tu decisión. Lo que no me parecería bien es que se destinaran 750.000 euros anuales para crear el observatorio de pureza de artistas sospechosos y poco fiables. O que me exijas una disculpa por no cancelar públicamente al calvísimo pintor, como le ha pasado a nuestra Rosalía. Tran tran.


