A partir de una anécdota personal en urgencias, el director del despacho reflexiona sobre la evolución del sistema educativo español y el descenso percibido en el nivel de conocimientos. El artículo publicado en El Periódico Extremadura analiza cómo las reformas educativas de las últimas décadas han desplazado el peso del aprendizaje desde los contenidos hacia las competencias, generando según muchos docentes alumnos que avanzan de curso con importantes carencias académicas.
La reflexión también aborda el concepto de equidad en educación y el riesgo de confundir igualdad de oportunidades con rebajar el nivel de exigencia. Según esta visión, reducir los estándares no elimina las desigualdades sociales, sino que puede agravarlas al perjudicar especialmente a quienes dependen exclusivamente del sistema público.
Maleducados
Hace unos meses tuve un accidente doméstico, con nocturnidad, consistente en patada a canapé traidor, más que de puntera, de uñera. A la fuerza centrífuga de mi poderosa pierna trazando el arco ascendente le sumamos la energía potencial que mi hipertrofia muscular me procura, lo que dio como resultado uña del gordo dominante doblada por su mitad en 90º hacia arriba. Me hice un vendaje con papel de cocina y unas gomas y seguí durmiendo tan ricamente, no se ni como la verdad. Un par de días después me acordé de los finguers congelados de Juanito Oiarzábal y decidí ir a urgencias, por si acaso, acompañado de mi boomer de la guarda, que se llama como Yo.
Tras una espera más bien larga, y unas radiografías, me sientan en la camilla del box de un jovencísimo traumatólogo. Miraba la radiografía de lejos, de cerca, la giraba…. parecía que jugara con aquellos álbumes de ver objetos en 3D que se pusieron de moda. En efecto, no tenía la menor idea. Para resumir los 50 minutos que me tuvo con las piernas colgado de la camilla, el pobre zagal pidió hasta tres segundas opiniones, pero no se aclaraba. Finalmente llegó el enfermero, bastante veterano, trincó la radiografía y nos enseñó la leve fisura que me hice en el hueso. Nos enseñó a los dos a unir y fijar dos dedos con vendas, aunque el otro alumno hacia como que no iba con él, y para casa.
Más titulados, menos conocimiento
Pobre joven traumatólogo, seguro que llega a ser un excelente profesional, pero espero que no lea estas líneas porque se identifica fijo y se me derrumba. Vamos a bajar un escalón, de la universidad al instituto, que es donde más patente se hace el cada vez menor nivel de conocimiento de la chavalería. Este descenso equivale a bajar al colegio porque, según docentes muy bien informados de mi confianza, el instituto ahora es un colegio y la universidad un instituto.
Otro elemento recurrente es la sobrecarga burocrática. La multiplicación de criterios individualizados por alumno, ponderaciones complejas y registros exhaustivos genera un formalismo que dificulta, o disimula, ver qué conocimientos ha alcanzado o no el alumno. Me cuesta creer, honestamente, que si un profesor tiene a su cargo cien alumnos en cuatro clases diferentes, pueda ser conocedor, uno a uno, de cada uno de los parámetros a tener en cuenta, cómo “aporta nuevas ideas”. Se me antoja como una herramienta perfecta para que, reunida la junta de evaluación, o el claustro, o como se llamen, los profes entremezclen criterios emocionales desvirtuando los académicos, no vaya a repetir el chiquín y acabe en RETO a la Esperanza.
Equidad mal entendida
Aquí surge para mí la cuestión clave, Señorías: ¿por qué se exige menos? Una hipótesis es la expansión de un concepto de equidad que confunde igualdad de oportunidades con igualdad de resultados. Si la brecha social es el enemigo, la tendencia, por lo que se ve, es suavizar el listón para evitar el fracaso visible, ¿igualar todos a la baja?. No acabo de verlo yo desde mi prisma cuñadil. Me cuenta un buen amigo profesor —que prefiere mantenerse anónimo, por lo que lo llamaré “Tato”— que reducir la exigencia no elimina la desigualdad: la desplaza. Los alumnos con recursos familiares compensan fuera del aula lo que el sistema no exige dentro. Los que no los tienen dependen exclusivamente del sistema público. Si éste rebaja el nivel, los perjudicados son precisamente los más vulnerables. Paradójicamente, la sobreprotección puede generar más desigualdad estructural.
La realidad incómoda
Esta fábrica de cenutrios obedece a intereses políticos, que son los promotores a través de tan lamentables reformas educativas. Todos buscan sus estadísticas, aunque sean mas falsas que un duro de madera. Si el sistema continúa rebajando estándares para evitar el fracaso inmediato, está incubando un fracaso estructural con toda seguridad. No podemos permitir el cortoplacismo de los que mandan, que con tal de conseguir sus cifras de hoy, que se busque la vida el que venga detrás, que no será mi problema. La educación no puede basarse en la ficción de que aprender duele poco y aprobar es un derecho. El conocimiento exige esfuerzo. Siempre lo ha hecho. Quizá en unos años, en la visita al traumatólogo, o al abogado, no den con la tecla de nuestro problema para resolverlo, pero sí sentirán una gran empatía, y nos acompañaran, de corazón, en nuestro proceso de sanar.
“José Miguel Campos Parra, Director de DERECCHO Abogados”
Esta fábrica de cenutrios obedece a intereses políticos, que son los promotores a través de tan lamentables reformas educativas. Todos buscan sus estadísticas, aunque sean mas falsas que un duro de madera. Si el sistema continúa rebajando estándares para evitar el fracaso inmediato, está incubando un fracaso estructural con toda seguridad. No podemos permitir el cortoplacismo de los que mandan, que con tal de conseguir sus cifras de hoy, que se busque la vida el que venga detrás, que no será mi problema. La educación no puede basarse en la ficción de que aprender duele poco y aprobar es un derecho. El conocimiento exige esfuerzo. Siempre lo ha hecho. Quizá en unos años, en la visita al traumatólogo, o al abogado, no den con la tecla de nuestro problema para resolverlo, pero sí sentirán una gran empatía, y nos acompañaran, de corazón, en nuestro proceso de sanar.


