La psicología del tacaño: gastar duele // CON SUMO GUSTO

A partir de una anécdota popular de Alcuéscar y de experiencias reales durante la campaña de la renta, el director del despacho reflexiona sobre la figura del auténtico tacaño: no como alguien simplemente ahorrador, sino como una persona que experimenta una verdadera incomodidad emocional al gastar dinero.

El artículo analiza la relación psicológica con el dinero, el placer de acumular patrimonio y el miedo a perderlo, incluso en personas con una situación económica más que solvente. Una mirada irónica y crítica a una conducta tan habitual como humana, donde el ahorro deja de ser prudencia para convertirse en una forma de vida.

 

El más rico del cementerio

En tiempos de maricastaña, o quizá no tan lejos, había en Alcuéscar un grupo de amigos, compuesto principalmente por varios hermanos y hermanas, sus parejas, y algún primo o allegado que puntualmente se unía con el ánimo alevoso de divertirse de verdad. Bien recibidos en los bares –que entonces había muchos– no solo por la cuenta que dejaban, sino porque lejos de dar problemas, su llegada era sinónimo de diversión y buen rollo. Funcionaban por rondas, de cerveza o vino principalmente, de modo que a lo largo de la jornada cada pareja –o allegado/a– venía a invitar una vez a los demás en un gesto de generosidad recompensada. Nadie dudaba en adelantar la cartera reivindicando su ronda, y más de uno, normalmente los mismos, pagaban varias. Pero había una excepción. Uno de los miembros del grupo no adelantaba jamás billete alguno, con la esperanza de que se cerrara pronto el círculo e irse a casa con tremenda ganancia en la vejiga. Al final de la jornada, las campanas tocaban a «última», y de entre los mas generosos se oía, no con poca mala leche, «¡una copa!». Unanimidad a la propuesta. Momento de recuento de invitaciones, y adivine el audaz lector ¿a quién le va a tocar pagar la ronda más cara del día, por rácano? Pues así durante años.

Gastar me duele.

Como cada año, en campaña de renta, me toca dar la noticia a determinados clientes de que deben pagar tal o cual cantidad. Para la mayoría de los casos es un trámite más, te pueden preguntar, si acaso, por qué les sale más que el año anterior, por ejemplo, pero sin más historias. Sin embargo, con algunos, los más potentados casi siempre, dar la cifra a favor de la Agencia Tributaria es un duelo al amanecer –como la canción de Alejandro Sanz–. El tiempo se ralentiza, y a medida que vas diciendo la cifra, aunque no sea alta, ves como se rompen las facciones del cliente en una mueca que grita en silencio, desesperada –como la canción de Marta Sánchez–.

El tacaño auténtico no es quien compara precios o evita gastos superfluos. El autentico rácano experimenta una incomodidad casi física al gastar, incluso cuando el gasto es razonable, necesario o socialmente esperado, como en el caso de los amigos de Alcuéscar. Su conducta no responde a un cálculo económico eficiente, como pudiera parecer, o a una previsión de gasto que le permita ir haciéndose una huchita. Lo que mueve ese mecanismo siniestro de cálculos encubiertos y subterfugios es una aversión emocional al desprendimiento. Gastar les duele.

Volviendo a las declaraciones de la renta, el ejemplo que pongo suele reproducirse normalmente en los clientes con mayor patrimonio. Hablo de personas con la vida resuelta y la de sus hijos, alquileres, acciones, ganado, de todo. Han ingresado una fortuna entre inversiones y actividades económicas, pero como tengan que pagar mil quinientos euros a la agencia tributaria, tras hacer malabares con su declaración, no duermen en una semana. No sale a cuenta acumular tanto patrimonio si vas a tener estos disgustos… ¿o si?

A priori puede llamar la atención la contradicción de tener mucha pasta, y no gastar ni bromas, pero años de observación a cutres de toda índole te dan la explicación. El primero es el placer de acumular. Hay gente que colecciona cómics, y disfruta cuando crece su colección; otros coleccionan sellos; mi querido vecino del feudo, Carlos, colecciona colecciones; y esta gente colecciona euros. Cuando la colección crece, sienten placer. Así de sencillo. Otra explicación es la misma, pero al revés: dolor por la pérdida de tus objetos mas preciados. Si desayunando con un amigo te da un aire, y pagas la cuenta, cuando llegues a casa habrán desaparecido unos cuantos de esos pequeños locos que tanta alegría te dan cuando los miras en la aplicación móvil del banco.

 

¿Cómo gestionar a tu rácano?

Todos tenemos uno no, varios, de estos seres en nuestro entorno. Si te encuentras a uno de ellos, como me pasó a mi hace poco, atiborrándose de pan, agazapado, en dicha sección del Aldi, abandona el carro y sal del supermercado lo mas rápidamente posible, si te ve podría incluso invitarte a un trozo de pan mordido/robado. Otro consejo es que no permitas que externalicen en ti sus gastos, no les pagues nada. Otra cuestión a tener en cuenta es que ellos ven su miseria como una virtud, y a los demás nos ven como tarados. Dales la razón en eso, porque pueden ser muy pesados predicando la vida frugal.

Pues el tacaño del grupo de Alcuéscar llamó a la oficina de allí hace unos años, precisamente en campaña de renta. Vino a decirme que él se la hacia a sí mismo –como no– pero este año le salía algo que no entendía. Lógicamente no quiso que le hiciera la renta, su cometido era que yo le dijera qué botoncitos pulsar y que casillas rellenar con determinados importes. Le explique que en esas dependencias cobramos por hacerle la renta a la gente, y que carecía de sentido que le explicara por teléfono a uno de los grandes ahorradores del pueblo como hacerla. Hizo como que no me escuchó e insistió. Como de por sí, no me cae bien, le puse bastante a caldo por su osadía. Lejos de ofenderse, insistió en que solo necesita saber qué botones y qué casillas… y tal. Creo, sinceramente, que si lo tengo delante en ese momento, y le hago un mataleón, desde el suelo, moribundo, con los ojos ya casi tornados, insistiría en que él solamente necesita que le diga qué casilla…. muriendo mientras ahorra.

En aquel grupo de Alcuéscar, de entre los generosos, el mas popular de todos se apellidaba Rey, y ejercía, de hecho, como tal. A Él le dedico este artículo, allá donde esté.

 

“José Miguel Campos Parra, Director de DERECCHO Abogados”
 

Compartir Post:

Otras entradas de nuestro Blog