A partir de la reciente polémica generada en torno a Bad Bunny y la selección de invitados en uno de sus espectáculos, el director del despacho reflexiona sobre el auge de un nuevo puritanismo que encuentra motivos de indignación en prácticamente cualquier manifestación cultural.
El artículo conecta fenómenos actuales de redes sociales con antiguas formas de moralismo, analizando cómo determinadas polémicas nacen, crecen y se alimentan en internet hasta convertirse en debates aparentemente trascendentales. Una reflexión sobre libertad artística, cultura de la cancelación y la tendencia contemporánea a convertir el entretenimiento en un campo de batalla ideológico.
La casa de Benito
Laura Ingalls, el entrañable personaje, existió en la vida real. En los años setenta su autobiografía cayó en manos de un productor de televisión, este pegó telefonazo a Michael Landon y ambos crearon la mítica serie “La casa de la pradera”, protagonizada además por el segundo. Nació un icono televisivo con reconocimientos como el TV Guide, que clasificó a Charles Ingalls (Landon) como el cuarto papá mas importante de la televisión de todos los tiempos. Quizá convendría actualizar la lista añadiendo al Doctor Nacho Martín, de Médico de familia, y al Fary —as him self— en Menudo es mi padre.
La serie narraba la vida de la familia Ingalls como colonos en la Norteamérica de la segunda mitad del siglo XIX. A través de los ojos de una de las hijas, Laura, trasladaban a los hogares de todo el mundo la dureza, las alegrías y los conflictos de la vida en la frontera. La casa de la pradera era la fantasía húmeda del puritanismo estadounidense. Todo en ella estaba diseñado para transmitir virtud: la familia perfecta, el padre perfecto, la hija perfecta, la comunidad perfecta. Walnut Grove era un pueblo donde jamás pasaba nada verdaderamente importante y donde los conflictos se resolvían con una charla junto al fuego. Muchas de las Lauras que lean este artículo quizá no lo sepan aún, pero se llaman así por Laura Ingalls. De nada.
El nuevo puritanismo
Antes Lauras por Laura Ingalls y ahora Aitanas por Aitana la que canta y baila, la vida se abre camino felizmente. Si algún día tengo un hijo lo llamaré Bad Bunny, y le contaré, sentado en mi regazo al lado de la chimenea, la historia de cuando la Stasi puritana, en modo pastor protestante, puso el grito en el cielo porque en el escenario de un concierto del puertorriqueño no había feas. ¡No hay suficientes feas en esa casita! ¡traed mas feas!
Cuando te estás quedando huérfano de causas urgentes, cualquiera al que le vaya bien te puede servir de objetivo a derribar. Ese es el lema de la Stasi, que al igual que los puritanos que llegaron a las praderas de norteamerica desde Europa, está a favor de lo bueno y en contra de lo malo. Esta nueva forma de conservadurismo —disfrazado de lo contrario— está muy enfadado porque en la famosa casita VIP de la gira de Bad Bunny solo había gente famosa, guapa, casi todo mujeres, y encima elegidas a dedo, en lugar de pasar por el correspondiente concurso oposición a auxiliar de perreo.
Bad Bunny no está legislando, tampoco está imponiendo normas sociales ni está excluyendo a nadie de un derecho. Está haciendo un espectáculo, un show, y la libertad artística incluye la libertad de elegir con quién compartes el escenario. Sin ir mas lejos, Gurruchaga en su fabulosa Orquesta Mondragón incluye al hombre bala, a la mujer barbuda y a sí mismo, que no es precisamente “normativo”. Normativas son las mozas que se lo pasaron pipa en la ya famosa casita de estilo puertorriqueño, muchas de ellas tan guapas que la Stasi de la pureza moral no se lo iba a perdonar.
No existe polémica
Cualquiera que vea las imágenes del famoso concierto, o de la gira, concluye que la gente se lo pasó bomba, tanto el público general como los afortunados invitados a bailotear en la casita de marras. La polémica no son mas que una masa de publicaciones en redes. Un ejercito de perfiles, muy a menudo anónimos, que tienen que indignarse por cosas para no sentir que sus vidas han perdido el sentido. Lo gracioso, además, es que consiguen el efecto contrario: que la fama del objetivo a batir aumente —si es que es posible—, que venda mas entradas, y que articulistas y creadores de contenido en general tengamos siempre el charco llenito de barro en el que chapotear alegremente.
Partiendo de la base de que de mi quinta para arriba no entendemos ni jota el mensaje que lanza Benito —así se llama Bad Bunny— en sus canciones, es cierto que a simple vista, y mirando, además, los bailoteos que las acompañan, no es raro pensar que pueden sexualizar el cuerpo de las mujeres. Por lo que sea, el cuerpo de los hombres que están al lado haciendo lo mismo, no.
La socióloga Silvia Díaz, autora de la primera tesis doctoral en España sobre Benito, explica que su imaginario conecta especialmente con mujeres jóvenes. Eso encaja con un dato público y notorio como es que la base de fans de Bad Bunny es mayoritariamente femenina. Solo hay algo peor que cantarle a los culos y al follisque: que un hombre presuntamente onanista y cuarentón decida desde su casa —o la casa de sus padres— lo que conviene o no conviene a las jacarandosas fans de nuestros hermanos de América.


